Anoche me dormí preocupada. Kimba no estaba bien. No come, no salta, no juega. Apenas se queda echada en su cajón mirando al vacío. Ayer por la noche, cuando iba a cenar, la quedé mirando y su aspecto casi moribundo me partió el corazón. Dejé mi comida en el mesón de la cocina y me senté a su lado. Me puse a acariciarla y ella me tendió una patita para que la sujetara, para que no la dejara sola. Le di una haba, golosina que le gusta mucho, pero no se la comió. Acerqué mi rostro al de ella y le besé el hocico. Me quedó mirando y me lamió la nariz con dificultad. "Mi niña... ¿qué te pasa? ¿qué tienes?" Apenas se movió un poco y trató de acercar su cabeza a mi regazo. Me recordó cómo era cuando recién había llegado: tan frágil, con tanto miedo, buscando un sustituto maternal que la cobije. Y ahí estaba yo entonces, abrazándola contra mi pecho, confortándola con mi propio calor... Y ahora me parecía tan ausente... como si estuviese resignada a morir. ¡Resignada! ¡Una pequeña de seis meses! Quise quedarme con ella, quise incluso llevarla a dormir conmigo, como otras veces lo había hecho cuando la veía triste... Pero no lo hice. Me dio miedo siquiera levantarla... no sabía ni qué tenía, ni cómo ayudarla. No quería dejarla a sus suerte, pero si me quedaba ¿en qué la ayudaría? No sé nada de medicina veterinaria, de hecho, ni siquiera tenía claro si tenía una dolencia física o emocional... ¿Qué tan útil puedo ser entonces? Al final, me levanté y le deseé buenas noches y que se recuperara. Cuando ab´ri la puerta de la cocina, eché una mirada atrás. Ella había levantado la cabeza levemente y me suplicaba con la mirada "¡no me dejes! ¡No me abandones por favor!". Mi corazón se volvió a resquebrajar... ¡qué clase de madre abandona a un hijo en esas condiciones...! Pero no podía hacer nada, porque no sabía qué hacer. Me fui a acostar y, al apagar la luz, me puse a llorar. Tenía la intuición que ella ya no estaría con nosotros por mucho tiempo.
Me dio rabia. Yo quería ayudarla. Incluso hasta hubiese sido capaz de llevarla al veterinario a esa misma hora. Pero yo no soy quien maneja los billetes, y papá no está dispuesto a darle tanta importancia a un "animal". ¡Si él supiera...! Kimba ha hecho mucho por nosotros, y a él le importa un cuerno si se muere o no. Lo encontré tan egoísta...
Esta mañana, al entrar en la cocina, Kimba ni siquiera se levantó. Me fui directo hacia ella y le acaricié la cabeza. Desayuné de mala gana, viendo cómo mi pequeña miraba al vacío con ojos cansados. Me dio rabia tener que dejarla ahí por tener que ir al colegio. No era justo para ella, y me sentí culpable. Al final, cuando me iba, le di un beso en la cabeza y le deseé una pronta recuperación.
En el bus me fui absorta en mis pensamientos. Estaba la posibilidad de que muriera, idea a la que me aferraba por alguna razón. Me dio pena. Es demasiado joven para morir. Tanta energía, tanta vitalidad, tanta alegría me parecía imposible que tuvieran que irse tan pronto. Desde que llegó agradezco su existencia. Ha sido un alivio, una fuente de la cual aprender y una compañía muy necesaria. Era ella quien me había consolado cuando estaba triste o enojada; con ella iba aprendiendo de la misma vida, del mundo. Gracias a ella estaba logrando entender muchas cosas de la humanidad, y me daba razones para tener paciencia y tolerancia con otros. Su existencia estaba siendo muy fructífera para mí. No era ahora cuando debería irse...
"Así como llegó, se va...". No sé por qué pensé eso. En cierta forma, es entendible y hasta incluso casi aceptable; pero el hecho que sea tan pequeña me perturba enormemente. ¡Tiene toda una vida por delante! De hecho, si tuviera tres o cuatro años lo tendría como una posibilidad lógica y hasta aceptaría el hecho con madurez. Pero el caso es que es apenas una cría y no soy capaz de aceptar con simpleza una posibilidad tan radical...
Me pongo a pensar en la muerte, en sí misma, como hecho objetivo. Nunca ha sido algo que me preocupe. De hecho, a veces me imagino cómo sería si mis padres murieran, y no me entristezco en absoluto. Lo veo como algo natural, algo que deberá ocurrir algún día. Los seres envejecen, mueren y sus energías se transforman en otros seres nuevos. Todo es un ciclo. Yo siempre lo he aceptado así. Ni mi muerte me asusta, apenas me intriga y nada más. Pero ahora... no sé por qué me cuesta tanto aceptarlo. Pienso: ¿Por qué siempre se llora en los funerales? Siempre se dice que es porque se quería al difunto. Pero el amor no te hace sufrir, ni aunque muera la persona que quieres. Más bien creo que es el hecho de necesitar a ese ser lo que hace que lloremos. Si Kimba muriera, yo lloraría, sufriría y la recordaría con amarga melancolía; pero no por quererla, sino por necesitarla. La parte de mí que la ama dice "bueno, no sufrirá y seguirá su ciclo. Se convertirá en algo más". Pero por otro lado, la parte de mí que la necesita (que, sinceramente, es la que predomina) es la que grita, se estremece y patalea en el suelo ante la posibilidad de que me sea arrebatada.
Kimba no apareció porque sí, y por algo me he sentido como su madre. Es como mi deber protegerla, cuidarla y amarla. Es como si hubiese llegado sólo para mí...
Yo buscaba un maestro, buscaba respuestas... y mi maestro llegó en el momento y de la forma menos esperadas: una cachorrita abandonada que (curiosamente) andaba vagando enfrente de nuestra casa.
Sé que los maestros deben irse en algún momento de la vida, pero eso ocurre cuando ya no hay más que enseñar. Y no siento que ese sea el caso de Kimba. Cada día voy aprendiendo y descubriendo nuevas cosas de y con ella. No siento que este sea el momento de una transformación. Es un ciclo incompleto. Sería dejar más dudas que dar respuestas. Aunque... tal vez... es una forma de enseñarme que debería observar más la naturaleza en vez de encerrarme en la razón humana para encontrar respuestas.
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