Esta ha sido una frase que he escuchado desde que soy niña, tanto de mi papá, como de libros y canciones. Y por alguna extraña razón, motivo o circunstancia, no la he tomado en cuenta. A veces, lo que te ponen en bandeja, por importante que sea, es a lo que menos atención le das...qué curioso.
Entiéndase mi reflexión a causa de lo siguiente:
Hoy, a los cursos que te terminamos nuestros estudios en el colegio (al fin), se nos hizo una despedida muy tradicional y emotiva, donde recordamos el paso en el colegio, las locuras que hacemos, etc. Al final, siempre están los abrazos de parte de los profesores, los buenos deseos, las felicitaciones y demás momentos emotivos. Tuve la "dicha" (porque no sé cómo llamarlo realmente) de "reconciliarme" con mi profe de matemáticas, algo que, definitivamente, sólo iba a ocurrir en ese momento, ni antes ni después. Hay que decirlo: nunca me agradaron ni sus clases ni su forma de enseñar. Pero, en fin, eso no es lo principal. Ocurrió que, además de los profesores que me hacían clase, o los que me conocían por ya no me acuerdo qué, esperaba a una personita en especial. Adivinen quién: ese aquel que me saca de quicio, que es mi continuo tema de conversación, que a veces me dan ganas de matar, ese que suelo llamar constantemente "mi mejor amigo"... ese que me trata con INDIFERENCIA, como si fuera algo que se sacó de la nariz o un paño sucio para trapear el piso (puede que exagere un poco, pero el nivel de desaire al que se ha llegado alcanza niveles, para mí, cósmicos). Me cuesta trabajo entender, al menos en forma racional, la razón por la cual este personaje no fue capaz de decir siquiera "hola" en las dos oportunidades en que pasó al lado mío. ¡Dos veces! No estábamos ni a un metro y medio de distancia y no fue capaz de acercarse a decir algo.
Bien, entiendo que algunos pregunten por qué no me acerqué yo. Simple: porque yo no tengo por qué correr tras nadie. Sea quien sea. ¡Y por favor! ¡Si era la despedida de nosotras! Un poquito de afecto no hace mal a nadie, pero... parece que la cobardía les gana a algunos.
Le comenté esta situación a mi papá cuando llegué a casa, y su respuesta fue, precisamente, el título de este escrito: no todo lo que brilla es oro. ¿Y por qué? Porque a veces pensamos que alguien a quien le tenemos tanta confianza y tanto cariño jamás nos hará un desaire, jamás nos apuñalará... pero son los primeros que lo hacen.
Tan cierta su explicación. ¿Cuántas veces me he llevado chascos con quienes yo pensaba jamás me darían la espalda? Varias. Muchas. Es más: demasiadas para mi edad, supongo. Y duele más todavía cuando a esta persona le das una segunda, tercera, cuarta, quinta, sexta oportunidad, y simplemente no cambia. Simplemente sigue ignorándote y no es capaz de asistir al cóctel preparado para nosotras en conjunto con TODOS los profesores. ¿Valdrá la pena seguir insistiendo por la amistad de alguien así, que te dice una cosa y hace otra muy diferente? ¿Valdrá la pena tratar de salvar a un amigo?
P.S: sí, amigo mío. Esto es para tí, para demostrarte cuánto ha dolido tu despecho, tu frivolidad y tu, tal vez, fingido interés. Al menos espero una respuesta cara a cara, para ver si las cosas cambiarán o no.
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