Mis disculpas si no he escrito algo... en verdad no tenido grandes deliberaciones, por el momento tengo una represa armada a mi conciencia.
Los mantendré pronto ocupados con alguna novedad. Por mientras, que tengan todos un lindo día, una linda semana y un hermoso término de año.
Besos a todos!!!
"Cualquiera con el poder suficiente como para hacerte creer cosas absurdas, tiene el poder para hacerte cometer injusticias" (Voltaire)
miércoles, 7 de diciembre de 2011
domingo, 27 de noviembre de 2011
Los reproches no vienen porque sí...
Voy a ser sincera. Me han dicho que siempre estoy lanzando críticas y reproches. Y es verdad. Por costumbre, por una cosa de cómo me criaron, tengo la desagradable manía (desagradable para los demás, por cierto) de vivir criticando todo. Y entiéndase todo por TODO. Yo misma no me libro de ello. También vivo criticándome, la mayoría de las veces, por cosas que no merecen atención alguna. Sí, lo sé. Generalmente me preocupo de cosas "banales" e innecesarias. Pero a pesar de que lo sé, no opto por hacer un cambio. Y es que, en verdad... hacer un cambio requiere constancia, perseverancia, fuerza de voluntad y energía. Los tres primeros no los tengo; y energía no es algo que voy a usar en esto, así que demos por hecho que simplemente no voy a cambiar.
Ahora bien. La pregunta clave es: ¿Por qué tanto reproche? No me había tomado la molestia de averiguarlo hasta que mi mejor amigo me dijo "me haces muchos reproches" (o algo así). Y en verdad que lo hago, pero es con justa razón... al menos desde mi punto de vista. Es que yo no critico en vano. No critico por criticar. De hecho, hago la aclaración: soy crítica, no criticona. Critico, reprocho con justa razón cuando algo no me parece o me resulta incómodo. En especial el comportamiento de las personas.
Ahora que lo pienso, me doy cuenta de por qué siempre me incomoda el cómo es la gente. Y todo empieza con mis escritos. Me dedico a escribir desde que tengo nueve años. Desde ahí no he parado. Y es agradable. Fluyo en la prosa de una manera tal que plasmo en el papel mi utopía (que, incluso, no es perfecta), pongo ahí la idea de cómo me gustaría que fuera mi realidad. ¿Y los personajes? Uffff... ahí está la razón de todo. Hago, creo a estos personajes a mi antojo. Dicen y hacen lo que me acomoda, y siempre resulto triunfante. De hecho, los personajes principales son siempre mujeres y ¡curioso! resultan siempre como una proyección mía, de lo que soy, de lo que tengo oculto o de lo que me gustaría ser. En el fondo, si lo pienso bien... como que de cierta forma me gusta llevar el control de todo. Y como la realidad difiere de mi fantasía, tiendo a criticar todo.
Sin embargo, a pesar de muchas cosas, en el fondo mi realidad no es tan diferente de lo que mi imaginación da a luz. Salvo por lo obvio (y me refiero al espacio en el que se desarrollan mis historias), lo que ocurre entre los personajes es muy parecido a lo que me pasa con las gentes a mi alrededor. Como si fuera una puerta abierta a mis futuras experiencias, buenas y malas. De hecho, cuando me pasa algo que se parece a algún episodio de mis mucho escritos, medito acerca de ello y lo asimilo con mayor facilidad. Es como tener una lección teórica (mis cuentos), aprenderla, olvidarla a medias, tener la lección práctica (lo que me ocurre en la realidad) y no olvidarla nunca más.
Volviendo al eje (cómo me voy por las ramas, dios). Supongo que ese afán crítico que tengo será porque no puedo dominarlo todo. Ni siquiera puedo dominar a la perfección mi propia vida. De ello derivarán tantos dolores de cabeza, frustraciones y reproches, creo yo.
Ahora bien. La pregunta clave es: ¿Por qué tanto reproche? No me había tomado la molestia de averiguarlo hasta que mi mejor amigo me dijo "me haces muchos reproches" (o algo así). Y en verdad que lo hago, pero es con justa razón... al menos desde mi punto de vista. Es que yo no critico en vano. No critico por criticar. De hecho, hago la aclaración: soy crítica, no criticona. Critico, reprocho con justa razón cuando algo no me parece o me resulta incómodo. En especial el comportamiento de las personas.
Ahora que lo pienso, me doy cuenta de por qué siempre me incomoda el cómo es la gente. Y todo empieza con mis escritos. Me dedico a escribir desde que tengo nueve años. Desde ahí no he parado. Y es agradable. Fluyo en la prosa de una manera tal que plasmo en el papel mi utopía (que, incluso, no es perfecta), pongo ahí la idea de cómo me gustaría que fuera mi realidad. ¿Y los personajes? Uffff... ahí está la razón de todo. Hago, creo a estos personajes a mi antojo. Dicen y hacen lo que me acomoda, y siempre resulto triunfante. De hecho, los personajes principales son siempre mujeres y ¡curioso! resultan siempre como una proyección mía, de lo que soy, de lo que tengo oculto o de lo que me gustaría ser. En el fondo, si lo pienso bien... como que de cierta forma me gusta llevar el control de todo. Y como la realidad difiere de mi fantasía, tiendo a criticar todo.
Sin embargo, a pesar de muchas cosas, en el fondo mi realidad no es tan diferente de lo que mi imaginación da a luz. Salvo por lo obvio (y me refiero al espacio en el que se desarrollan mis historias), lo que ocurre entre los personajes es muy parecido a lo que me pasa con las gentes a mi alrededor. Como si fuera una puerta abierta a mis futuras experiencias, buenas y malas. De hecho, cuando me pasa algo que se parece a algún episodio de mis mucho escritos, medito acerca de ello y lo asimilo con mayor facilidad. Es como tener una lección teórica (mis cuentos), aprenderla, olvidarla a medias, tener la lección práctica (lo que me ocurre en la realidad) y no olvidarla nunca más.
Volviendo al eje (cómo me voy por las ramas, dios). Supongo que ese afán crítico que tengo será porque no puedo dominarlo todo. Ni siquiera puedo dominar a la perfección mi propia vida. De ello derivarán tantos dolores de cabeza, frustraciones y reproches, creo yo.
miércoles, 23 de noviembre de 2011
Una pregunta que me da vueltas en la cabeza...
Tengo una gran duda: ¿a quién hacerle caso? ¿al corazón? ¿a la razón? ¿a l@s amig@s? ¿al tarot? ¿a la intuición?
El punto es que cuando todos los anteriores te dicen una cosa diferente, te vas volviendo loc@.... y es ahí cuando te vuelves insegur@... ¿y dicen que los inseguros son tontos? Pues yo creo que no, porque al menos son capaces de escuchar a su corazón, a su mente, a los amigos, al instinto y todos ellos al mismo tiempo. ¿Quién más inteligente que aquél? El punto es que si le haces caso a uno, los otros se recienten. Si le haces caso al corazón, después tu mente te dice "otra vez la misma historia... no puedes ver las cosas como son"; si le haces caso a tu razón, el corazón sufre por no dejarte la oportunidad de intentar las cosas que quieres; si le haces caso a los amigos, después cabe la oportunidad de que estén más perdidos que tú y que su consejo haya sido el mejor camino para caer al vacío... de una u otra forma, siempre hay uno que queda insatisfecho y resentido... ¿no hay opción de que todos queden felices, sin tener que pagar todo el hígado?
El punto es que cuando todos los anteriores te dicen una cosa diferente, te vas volviendo loc@.... y es ahí cuando te vuelves insegur@... ¿y dicen que los inseguros son tontos? Pues yo creo que no, porque al menos son capaces de escuchar a su corazón, a su mente, a los amigos, al instinto y todos ellos al mismo tiempo. ¿Quién más inteligente que aquél? El punto es que si le haces caso a uno, los otros se recienten. Si le haces caso al corazón, después tu mente te dice "otra vez la misma historia... no puedes ver las cosas como son"; si le haces caso a tu razón, el corazón sufre por no dejarte la oportunidad de intentar las cosas que quieres; si le haces caso a los amigos, después cabe la oportunidad de que estén más perdidos que tú y que su consejo haya sido el mejor camino para caer al vacío... de una u otra forma, siempre hay uno que queda insatisfecho y resentido... ¿no hay opción de que todos queden felices, sin tener que pagar todo el hígado?
lunes, 21 de noviembre de 2011
"No todo lo que brilla es oro" (aprender de esta frase, por favor)
Esta ha sido una frase que he escuchado desde que soy niña, tanto de mi papá, como de libros y canciones. Y por alguna extraña razón, motivo o circunstancia, no la he tomado en cuenta. A veces, lo que te ponen en bandeja, por importante que sea, es a lo que menos atención le das...qué curioso.
Entiéndase mi reflexión a causa de lo siguiente:
Hoy, a los cursos que te terminamos nuestros estudios en el colegio (al fin), se nos hizo una despedida muy tradicional y emotiva, donde recordamos el paso en el colegio, las locuras que hacemos, etc. Al final, siempre están los abrazos de parte de los profesores, los buenos deseos, las felicitaciones y demás momentos emotivos. Tuve la "dicha" (porque no sé cómo llamarlo realmente) de "reconciliarme" con mi profe de matemáticas, algo que, definitivamente, sólo iba a ocurrir en ese momento, ni antes ni después. Hay que decirlo: nunca me agradaron ni sus clases ni su forma de enseñar. Pero, en fin, eso no es lo principal. Ocurrió que, además de los profesores que me hacían clase, o los que me conocían por ya no me acuerdo qué, esperaba a una personita en especial. Adivinen quién: ese aquel que me saca de quicio, que es mi continuo tema de conversación, que a veces me dan ganas de matar, ese que suelo llamar constantemente "mi mejor amigo"... ese que me trata con INDIFERENCIA, como si fuera algo que se sacó de la nariz o un paño sucio para trapear el piso (puede que exagere un poco, pero el nivel de desaire al que se ha llegado alcanza niveles, para mí, cósmicos). Me cuesta trabajo entender, al menos en forma racional, la razón por la cual este personaje no fue capaz de decir siquiera "hola" en las dos oportunidades en que pasó al lado mío. ¡Dos veces! No estábamos ni a un metro y medio de distancia y no fue capaz de acercarse a decir algo.
Bien, entiendo que algunos pregunten por qué no me acerqué yo. Simple: porque yo no tengo por qué correr tras nadie. Sea quien sea. ¡Y por favor! ¡Si era la despedida de nosotras! Un poquito de afecto no hace mal a nadie, pero... parece que la cobardía les gana a algunos.
Le comenté esta situación a mi papá cuando llegué a casa, y su respuesta fue, precisamente, el título de este escrito: no todo lo que brilla es oro. ¿Y por qué? Porque a veces pensamos que alguien a quien le tenemos tanta confianza y tanto cariño jamás nos hará un desaire, jamás nos apuñalará... pero son los primeros que lo hacen.
Tan cierta su explicación. ¿Cuántas veces me he llevado chascos con quienes yo pensaba jamás me darían la espalda? Varias. Muchas. Es más: demasiadas para mi edad, supongo. Y duele más todavía cuando a esta persona le das una segunda, tercera, cuarta, quinta, sexta oportunidad, y simplemente no cambia. Simplemente sigue ignorándote y no es capaz de asistir al cóctel preparado para nosotras en conjunto con TODOS los profesores. ¿Valdrá la pena seguir insistiendo por la amistad de alguien así, que te dice una cosa y hace otra muy diferente? ¿Valdrá la pena tratar de salvar a un amigo?
P.S: sí, amigo mío. Esto es para tí, para demostrarte cuánto ha dolido tu despecho, tu frivolidad y tu, tal vez, fingido interés. Al menos espero una respuesta cara a cara, para ver si las cosas cambiarán o no.
Entiéndase mi reflexión a causa de lo siguiente:
Hoy, a los cursos que te terminamos nuestros estudios en el colegio (al fin), se nos hizo una despedida muy tradicional y emotiva, donde recordamos el paso en el colegio, las locuras que hacemos, etc. Al final, siempre están los abrazos de parte de los profesores, los buenos deseos, las felicitaciones y demás momentos emotivos. Tuve la "dicha" (porque no sé cómo llamarlo realmente) de "reconciliarme" con mi profe de matemáticas, algo que, definitivamente, sólo iba a ocurrir en ese momento, ni antes ni después. Hay que decirlo: nunca me agradaron ni sus clases ni su forma de enseñar. Pero, en fin, eso no es lo principal. Ocurrió que, además de los profesores que me hacían clase, o los que me conocían por ya no me acuerdo qué, esperaba a una personita en especial. Adivinen quién: ese aquel que me saca de quicio, que es mi continuo tema de conversación, que a veces me dan ganas de matar, ese que suelo llamar constantemente "mi mejor amigo"... ese que me trata con INDIFERENCIA, como si fuera algo que se sacó de la nariz o un paño sucio para trapear el piso (puede que exagere un poco, pero el nivel de desaire al que se ha llegado alcanza niveles, para mí, cósmicos). Me cuesta trabajo entender, al menos en forma racional, la razón por la cual este personaje no fue capaz de decir siquiera "hola" en las dos oportunidades en que pasó al lado mío. ¡Dos veces! No estábamos ni a un metro y medio de distancia y no fue capaz de acercarse a decir algo.
Bien, entiendo que algunos pregunten por qué no me acerqué yo. Simple: porque yo no tengo por qué correr tras nadie. Sea quien sea. ¡Y por favor! ¡Si era la despedida de nosotras! Un poquito de afecto no hace mal a nadie, pero... parece que la cobardía les gana a algunos.
Le comenté esta situación a mi papá cuando llegué a casa, y su respuesta fue, precisamente, el título de este escrito: no todo lo que brilla es oro. ¿Y por qué? Porque a veces pensamos que alguien a quien le tenemos tanta confianza y tanto cariño jamás nos hará un desaire, jamás nos apuñalará... pero son los primeros que lo hacen.
Tan cierta su explicación. ¿Cuántas veces me he llevado chascos con quienes yo pensaba jamás me darían la espalda? Varias. Muchas. Es más: demasiadas para mi edad, supongo. Y duele más todavía cuando a esta persona le das una segunda, tercera, cuarta, quinta, sexta oportunidad, y simplemente no cambia. Simplemente sigue ignorándote y no es capaz de asistir al cóctel preparado para nosotras en conjunto con TODOS los profesores. ¿Valdrá la pena seguir insistiendo por la amistad de alguien así, que te dice una cosa y hace otra muy diferente? ¿Valdrá la pena tratar de salvar a un amigo?
P.S: sí, amigo mío. Esto es para tí, para demostrarte cuánto ha dolido tu despecho, tu frivolidad y tu, tal vez, fingido interés. Al menos espero una respuesta cara a cara, para ver si las cosas cambiarán o no.
jueves, 17 de noviembre de 2011
Tantos muriendo de hambre por falta de alimento, y la estupidez sí que abunda...
Me dio un ataque de risa hoy. Y también me despertó una crítica, igual que siempre.
Estábamos ensayando una misa de licenciatura para el final de los estudios en el colegio y la señora, encargada de pastoral, preguntó por los signos que se presentarían. De los tres cursos, uno sólo tenía listo sus signo. Y eso nos jodió a los otros dos que quedamos. Y nosotras dijimos "hagamos una cartulina con fotos de nosotras, durante toda nuestra vida en el colegio". Nada mal hasta ahí... Hasta que la señora esta dijo "no puede ser una cartulina, debe ser algo como enmarcado o algo así... es una ocasión solemne..."
Es que me dio la risa... "es una ocasión solemne"... o sea, da lo mismo la importancia que nosotras le demos, tiene que ser algo pomposo... es que más idiota no pudo haber sido la mujercita esta... Como si importara tanto la apariencia... ¿no se supone que Cristo promueve la humildad y la sencillez? Porquería de religión que no es capaz de cumplir con lo que predica... ¡Y para qué hablar de la ornamentación de las iglesias en general! Puro oro, maderas finas y metales tratados... ¡Igualito a lo que Jesús predicó!, ¿cierto?...
¿Con qué cara vienen después a exigirnos humildad? Ladrones de porquería... con tantas joyas que tienen no son capaces de ayudar a los más pobres... Capacito que si Jesús viniera a la Tierra, nuevamente, le darían tres infartos, una depresión gravísima y se colgaría de alguna viga...
Estábamos ensayando una misa de licenciatura para el final de los estudios en el colegio y la señora, encargada de pastoral, preguntó por los signos que se presentarían. De los tres cursos, uno sólo tenía listo sus signo. Y eso nos jodió a los otros dos que quedamos. Y nosotras dijimos "hagamos una cartulina con fotos de nosotras, durante toda nuestra vida en el colegio". Nada mal hasta ahí... Hasta que la señora esta dijo "no puede ser una cartulina, debe ser algo como enmarcado o algo así... es una ocasión solemne..."
Es que me dio la risa... "es una ocasión solemne"... o sea, da lo mismo la importancia que nosotras le demos, tiene que ser algo pomposo... es que más idiota no pudo haber sido la mujercita esta... Como si importara tanto la apariencia... ¿no se supone que Cristo promueve la humildad y la sencillez? Porquería de religión que no es capaz de cumplir con lo que predica... ¡Y para qué hablar de la ornamentación de las iglesias en general! Puro oro, maderas finas y metales tratados... ¡Igualito a lo que Jesús predicó!, ¿cierto?...
¿Con qué cara vienen después a exigirnos humildad? Ladrones de porquería... con tantas joyas que tienen no son capaces de ayudar a los más pobres... Capacito que si Jesús viniera a la Tierra, nuevamente, le darían tres infartos, una depresión gravísima y se colgaría de alguna viga...
De las tan mal vistas "cabezas de alcantarilla" y el trasfondo culpable de la Iglesia Cristiano-Católica... ¡Culpables de mucho!
Soy testigo ÍNTIMO de la discriminación, por así llamarla, contra estos genios del humor considerados, en la mayoría de los casos como "ordinarios". Y sí, soy una integrante de este grupo. :) jojo.
En todos lados surgen bromas, frases jocosas y situaciones por las cuales vale la pena reírse, y depende de las mismas personas con las que se esté o el ambiente... Ahora bien...¿cuál es el problema tan grave que tienen contra los que solemos usar el "doble sentido"? Se nos cataloga de ordinarios, pervertidos y asquerosos. ¡Como si ellos fueran tan pulcros! Tanto que se cohíben o fruncen el ceño cuando decimos algo relacionado con lo sexual... ¡Pero si es parte de la naturaleza! ¿Por qué dejarlo de lado o convertirlo en tabú?
Estamos en un planeta donde quienes tenemos esta clase de humor somos fichados con adjetivos bastante alejados de la verdad... tipo pervertidos, y poco más, pederastas... como si fuéramos algo de eso...
La naturaleza nos entregó sexualidad, está ahí presente, quieran algunos o no, y convertirla en algo "sucio" lo considero una completa estupidez. Y pongámonos a pensar de dónde salió esta visión prohibitiva del sexo: Iglesia cristiano-católica. ¿De dónde más? ¡Pero si no encontraron nada más estúpido que decir que sexo=amor! ¿De dónde salió tamaña estupidez? Miremos la naturaleza... ¿acaso los perros se aparean por sentir "amor"? ¿O se casan los leones en el África? ¡No, por supuesto que no! ¿Por qué entonces relacionar sexo con amor y volverlo algo pecaminoso si se hace por mero placer? ¡ Fíjense lo que acabo de escribir!: "se vuelve pecaminoso el mero placer". Es que estos &%$"·# no pueden haber sido más frustrados en sus vidas... Restringen el placer, trasladan el sexo a la "expresión del amor" y más encima lo convierten en algo "sucio", como si fuera pecado algo tan natural y propio de la naturaleza... ¿Digo lo que pienso? Me parece una estupidez soberana. Así de simple.
A veces pienso en las culturas más antiguas... en los que le rendían un culto al sexo, quienes no tenían ningún pudor por fornicar en plena calle. ¿Qué tenía de malo aquello? O sea, si los perros pueden fornicar en la calles, los leones, las aves, los insectos y cuanto ser vivo hay... ¿cuál es la idea de convertir en "sucio" el acto reproductivo? Frustrados de mierda... y alegan sin bases, considerando que entre monjes y sacerdotes se hacen las orgías más grandes del planeta (recordemos ese convento y ese seminario unidos por un túnel secreto; y los 2000 fetos encontrados en el patio trasero de un convento en España). Realmente, considero ya inútil, estúpida y poco fructífera la existencia de los dogmas cristianos. ¡Están hechos para la época medieval, por dios! Estamos en el siglo XXI y todavía no se dan cuenta los muy idiotas... salvo algunos, claro; siempre hay excepciones...
En todos lados surgen bromas, frases jocosas y situaciones por las cuales vale la pena reírse, y depende de las mismas personas con las que se esté o el ambiente... Ahora bien...¿cuál es el problema tan grave que tienen contra los que solemos usar el "doble sentido"? Se nos cataloga de ordinarios, pervertidos y asquerosos. ¡Como si ellos fueran tan pulcros! Tanto que se cohíben o fruncen el ceño cuando decimos algo relacionado con lo sexual... ¡Pero si es parte de la naturaleza! ¿Por qué dejarlo de lado o convertirlo en tabú?
Estamos en un planeta donde quienes tenemos esta clase de humor somos fichados con adjetivos bastante alejados de la verdad... tipo pervertidos, y poco más, pederastas... como si fuéramos algo de eso...
La naturaleza nos entregó sexualidad, está ahí presente, quieran algunos o no, y convertirla en algo "sucio" lo considero una completa estupidez. Y pongámonos a pensar de dónde salió esta visión prohibitiva del sexo: Iglesia cristiano-católica. ¿De dónde más? ¡Pero si no encontraron nada más estúpido que decir que sexo=amor! ¿De dónde salió tamaña estupidez? Miremos la naturaleza... ¿acaso los perros se aparean por sentir "amor"? ¿O se casan los leones en el África? ¡No, por supuesto que no! ¿Por qué entonces relacionar sexo con amor y volverlo algo pecaminoso si se hace por mero placer? ¡ Fíjense lo que acabo de escribir!: "se vuelve pecaminoso el mero placer". Es que estos &%$"·# no pueden haber sido más frustrados en sus vidas... Restringen el placer, trasladan el sexo a la "expresión del amor" y más encima lo convierten en algo "sucio", como si fuera pecado algo tan natural y propio de la naturaleza... ¿Digo lo que pienso? Me parece una estupidez soberana. Así de simple.
A veces pienso en las culturas más antiguas... en los que le rendían un culto al sexo, quienes no tenían ningún pudor por fornicar en plena calle. ¿Qué tenía de malo aquello? O sea, si los perros pueden fornicar en la calles, los leones, las aves, los insectos y cuanto ser vivo hay... ¿cuál es la idea de convertir en "sucio" el acto reproductivo? Frustrados de mierda... y alegan sin bases, considerando que entre monjes y sacerdotes se hacen las orgías más grandes del planeta (recordemos ese convento y ese seminario unidos por un túnel secreto; y los 2000 fetos encontrados en el patio trasero de un convento en España). Realmente, considero ya inútil, estúpida y poco fructífera la existencia de los dogmas cristianos. ¡Están hechos para la época medieval, por dios! Estamos en el siglo XXI y todavía no se dan cuenta los muy idiotas... salvo algunos, claro; siempre hay excepciones...
miércoles, 16 de noviembre de 2011
El significado de la indiferencia
Desde hace una o dos semanas he tenido ciertos roces con un amigo. Para mí, este amigo significa mucho más que un simple individuo con el cual reírme un rato. Es como un segundo padre, el amigo al cual más aprecio y una fuente de reflexiones. Aunque, ciertamente, hay veces en que quisiera tirarlo escaleras abajo... Curiosamente, es un profesor. Es el único profesor de Artes del colegio, y en mi opinión, el mejor.
Hace unas semanas surgió un problema a raíz de rumores llenos de una envidia en trasfondo. El resultado fue ignorarme en público; y yo, por mi parte, ignorarlo cuando me lo encontraba... nada más que por pura frustración.
Por algún motivo que escapa a mi razón, la indiferencia siempre ha sido algo que me molesta. Y más que molestarme, me produce una dolorosa puntada en el fondo de mi esencia. Suelo relacionar la indiferencia con un rechazo a mi presencia, a mi forma de ser... ¡Y qué más doloroso que te rechacen por ser tú mismo, como eres...! En realidad, no tenía ni la más mínima idea del peso real que tenía la acción "ignorar"... hasta ahora, creo. Y si bien no sea la respuesta definitiva y absoluta, al menos es la primera arista que le veo a este oscuro vértice...
Conversando con una amiga hace unos días acerca de este tema, me comentó que el profesor de filosofía (con el que me llevo relativamente bien, salvo por una que otra diferencia más bien personal-ideológica) había expuesto su punto de vista con respecto a la indiferencia y al ignorar. Obviamente relacionado con el respeto. Según su visión, cuando ignoras a alguien, estás negando su presencia, su existencia. lo niegas como ser... En verdad, cuando lo pienso, no deja de tener razón... Cuando ignoras a alguien, vulgarmente finges que no está, que no existe... ¡Y eso es negar a la persona! Tal vez fue sin querer, pero aquella simple explicación me aclaró una duda que había tenido toda mi vida... Qué curioso: Andrés aparece y se van aclarando mis dudas internas... y apareciendo otras, también. Por su acción directa o indirecta, junto con otros más, me voy hundiendo día a día un poco más en el pozo del cuestionamiento.
El caso lo aplico a lo siguiente: este amigo mío, tan significativo para mí, optó por ignorarme a raíz del problema surgido. Y cuánto dolió aquello... no se me habría ocurrido nunca que él me ignoraría. Y más dolió cuando recordé el significado de la indiferencia según Andrés. ¿Así que me estabas negando?... Bueno, después de hablarlo, me encontré con la sorpresa de que "fingía ignorarme". Apsss, bueno. Entonces me da igual... Qué curiosa es la reacción cuando se ignora y se finge ignorar... Al fin y al cabo, sea real o no, ¿no es apartarte? ¿No es dejarte de lado?
* * *
P.S.: Un abrazo afectuoso a estos dos hombres que, a propósito o no, me han hecho despertar nuevamente al universo del cuestionar. Sé que leerán esto. :)
Hace unas semanas surgió un problema a raíz de rumores llenos de una envidia en trasfondo. El resultado fue ignorarme en público; y yo, por mi parte, ignorarlo cuando me lo encontraba... nada más que por pura frustración.
Por algún motivo que escapa a mi razón, la indiferencia siempre ha sido algo que me molesta. Y más que molestarme, me produce una dolorosa puntada en el fondo de mi esencia. Suelo relacionar la indiferencia con un rechazo a mi presencia, a mi forma de ser... ¡Y qué más doloroso que te rechacen por ser tú mismo, como eres...! En realidad, no tenía ni la más mínima idea del peso real que tenía la acción "ignorar"... hasta ahora, creo. Y si bien no sea la respuesta definitiva y absoluta, al menos es la primera arista que le veo a este oscuro vértice...
Conversando con una amiga hace unos días acerca de este tema, me comentó que el profesor de filosofía (con el que me llevo relativamente bien, salvo por una que otra diferencia más bien personal-ideológica) había expuesto su punto de vista con respecto a la indiferencia y al ignorar. Obviamente relacionado con el respeto. Según su visión, cuando ignoras a alguien, estás negando su presencia, su existencia. lo niegas como ser... En verdad, cuando lo pienso, no deja de tener razón... Cuando ignoras a alguien, vulgarmente finges que no está, que no existe... ¡Y eso es negar a la persona! Tal vez fue sin querer, pero aquella simple explicación me aclaró una duda que había tenido toda mi vida... Qué curioso: Andrés aparece y se van aclarando mis dudas internas... y apareciendo otras, también. Por su acción directa o indirecta, junto con otros más, me voy hundiendo día a día un poco más en el pozo del cuestionamiento.
El caso lo aplico a lo siguiente: este amigo mío, tan significativo para mí, optó por ignorarme a raíz del problema surgido. Y cuánto dolió aquello... no se me habría ocurrido nunca que él me ignoraría. Y más dolió cuando recordé el significado de la indiferencia según Andrés. ¿Así que me estabas negando?... Bueno, después de hablarlo, me encontré con la sorpresa de que "fingía ignorarme". Apsss, bueno. Entonces me da igual... Qué curiosa es la reacción cuando se ignora y se finge ignorar... Al fin y al cabo, sea real o no, ¿no es apartarte? ¿No es dejarte de lado?
* * *
P.S.: Un abrazo afectuoso a estos dos hombres que, a propósito o no, me han hecho despertar nuevamente al universo del cuestionar. Sé que leerán esto. :)
martes, 15 de noviembre de 2011
¿Tiene sentido la vida? (ensayo de filosofía que "presté" a una amiga)
La vida, ¿qué es la vida? ¿Tiene algún sentido la vida, el existir? Pues bien, eso sólo depende del punto de vista de cada uno. Es algo precisamente relativo. ¿Y por qué relativo? Porque no hay un sentido que satisfaga a todo ser humano por igual.
Cada ser humano tiene su rumbo, su camino, su destino. Sería absurdo e imposible intentar formar un solo sentido, un solo camino para todos. ¿Dónde quedaría entonces el valor de cada individuo? En ninguna parte. No habría.
Estamos acostumbrados a regirnos por lo que Immanuel Kant denomina “minoría de edad”, donde nos acostumbramos a movernos de acuerdo a lo que otros, con más fuerza, más poder o simplemente con más decisión nos imponen. Hemos terminado por quedarnos bajo la gobernación de aquellos con coraje y con razón que salen del círculo del rebaño. Aquellos que dejan de ser manipulados por la ley de masas, aquellos con coraje que se rigen por sus propias leyes internas, aquellos que piensan por sí mismos son quienes encuentran un real sentido a la vida.
Nos encontramos, hoy por hoy, en un mundo donde lo que rige es el dinero, el lucro, los bienes materiales. ¿Y qué más superfluo y molesto que aquello? La humanidad se ciega en creer que el sentido de sus vidas se encuentra en una gran casa, dos o tres automóviles, muchos muebles lujosos y grandes cantidades de dinero en el banco. ¿Pero realmente es aquello el sentido de la vida? ¿Qué pasa entonces con aquellos adinerados que lo tienen todo y, sin embargo, nadan en las oscuras aguas de la amargura? ¿Es que aquellas gentes encontraron un sentido a sus vidas? No, muy por el contrario.
Nos han metido en cabeza que la razón de nuestras vidas, nuestros propósitos radican en “tener, tener y tener”. No importa si tu familia se destruye, no importa si te quedas solo, no importa si pasas por encima de mil cabezas: si logras triunfar y sobresalir, si logras ganar toneladas de oro, entonces ahí estará tu camino cumplido. ¿Pero qué tan real es esto? En el libro Siddharta, de Hermann Hesse, se hace referencia a este tema. Se nos explica que el verdadero rumbo del alma, el verdadero sentido de la vida es la felicidad. Pero no esa felicidad dada por los bienes materiales y por el cegador dinero. Es aquella felicidad pura, suave y tenue, dada por la vida misma, por cuánto aprendamos de ella. Se nos ha dicho (en especial los ancianos) que la vida es muy corta, y que debemos disfrutarla lo más que podamos. ¿Pero qué hacemos? Nos ocupamos del dinero, del trabajo, de la ropa, de la moda, de qué dirán, de tener mira que si no qué irán a pensar los vecinos o el colega o la familia… como si todo eso importara realmente. Nos dedicamos a pensar mucho en tener y acumular materiales y no en acumular riquezas interiores y tener grandes cantidades de amor y felicidad en nuestros corazones. ¿Dónde más, sino, radica el sentido de nuestras vidas? ¿No es, acaso, sólo el enriquecernos mental y espiritualmente? ¿Para qué más? ¿Acaso nos llevamos algo más después de nuestras vidas? No. Tan sólo cuánto aprendemos, cuánto amamos y al nivel de felicidad y pureza que llegamos es lo que nos podemos llevar. En definitiva, tan sólo nuestra alma.
Se nos ha hecho creer que si seguimos al grupo, podremos ser felices y estar a salvo, y que si nos apartamos y optamos por crear nuestro propio sendero, estaremos solos y posiblemente terminaremos extraviados. ¿Por qué se nos hace creer aquello? Simplemente por ser una forma más fácil de mantenernos bajo control, de instarnos al materialismo, del cual nos vamos haciendo presas cada día un poco más. He ahí la razón de nuestro gran problema actual. He ahí el no hallar un sentido a la vida.
¿Cómo habríamos de encontrarle un sentido a nuestras vidas si nos basamos en cosas tan superfluas y carentes de sentido para el alma? Nos sentiríamos más a gusto si decidiéramos de una vez empezar a buscar por nuestro lado ¡y qué importa si vamos solos! Es ese gran miedo a ser nosotros mismos lo que nos mantiene inmovilizados, ese miedo a valernos por nuestros propios medios, a tomar nuestras decisiones sin preguntarle ni fú ni fá a nadie.
El sentido de la vida no radica en ser un título, ni en ser conocido, ni en ser importante para nadie. Simplemente es “ser”. Así, “ser” a secas. ¿Para qué más? Lo que importa no es lo tan banal ni lo que tanto brilla, sino más bien aquello que apenas puede ser “visto” por quienes se dan el tiempo de “ver”, como en aquel pasaje de El Principito: “lo esencial es invisible para los ojos”. El sentido de la vida, el real sentido es nada más que encontrar nuestra armonía, nuestra paz interior, el llenarnos con todas aquellas cosas tan ínfimas que se nos presentan cada día y que apenas las logramos ver con tanta prisa que llevamos. No es más que eso. No importa qué título llevemos, ni cuánto dinero tengamos en nuestras billeteras. Son a penas cosas banales por las que nos angustiamos y por las que corremos hacia ningún lado en especial. Son las que nos hacen tener a flor de boca la excusa de “no tengo tiempo” y “estoy apurado(a)”.
Nos perdemos de tanta maravilla, nos cegamos con tantos lujos mediocres y pareciera no importarnos. Juramos que nuestra vida corre detrás de un fin tan noble como una profesión, y terminamos arrastrándonos bajo el peso de una necesidad inexistente. La vida es más simple que eso. Es más fructífera, más completa y, sin embargo, más simple… ¿curioso, no?
En definitiva, el sentido de la vida es uno, pero depende de cada cual el cómo interpretarlo. La felicidad, la armonía y el equilibrio son relativos de cada persona. No hay un punto de convergencia general. Apenas sería la necesidad de satisfacción de éstas.
La vida es un misterio, y un misterio que no puede ser resuelto para todos. Son siete mil millones de ojos mirando el cielo, siete mil millones de interpretaciones diferentes. Pero el misterio es uno, la verdad es una sola; y sin embargo, los caminos y los senderos muchísimos, y cada uno difícil, peligroso y bello en su medida. Es ese nuestro sentido, es esa nuestra vida, es aquél el sentido de nuestra vida: verle al universo su cara más amable, conocer su furia, ser ignorante de la naturaleza y vivir aprendiendo, hacer parte de nosotros todo aquello cuanto observamos, cuanto sentimos y cuanto saboreamos, ser felices y alcanzar a aprender y aprehender todo cuanto podamos en esta vida… mirad que es muy corta para perderla y malgastarla en falsos brillos.
Y la muerte...¿A quién mata?
Anoche me dormí preocupada. Kimba no estaba bien. No come, no salta, no juega. Apenas se queda echada en su cajón mirando al vacío. Ayer por la noche, cuando iba a cenar, la quedé mirando y su aspecto casi moribundo me partió el corazón. Dejé mi comida en el mesón de la cocina y me senté a su lado. Me puse a acariciarla y ella me tendió una patita para que la sujetara, para que no la dejara sola. Le di una haba, golosina que le gusta mucho, pero no se la comió. Acerqué mi rostro al de ella y le besé el hocico. Me quedó mirando y me lamió la nariz con dificultad. "Mi niña... ¿qué te pasa? ¿qué tienes?" Apenas se movió un poco y trató de acercar su cabeza a mi regazo. Me recordó cómo era cuando recién había llegado: tan frágil, con tanto miedo, buscando un sustituto maternal que la cobije. Y ahí estaba yo entonces, abrazándola contra mi pecho, confortándola con mi propio calor... Y ahora me parecía tan ausente... como si estuviese resignada a morir. ¡Resignada! ¡Una pequeña de seis meses! Quise quedarme con ella, quise incluso llevarla a dormir conmigo, como otras veces lo había hecho cuando la veía triste... Pero no lo hice. Me dio miedo siquiera levantarla... no sabía ni qué tenía, ni cómo ayudarla. No quería dejarla a sus suerte, pero si me quedaba ¿en qué la ayudaría? No sé nada de medicina veterinaria, de hecho, ni siquiera tenía claro si tenía una dolencia física o emocional... ¿Qué tan útil puedo ser entonces? Al final, me levanté y le deseé buenas noches y que se recuperara. Cuando ab´ri la puerta de la cocina, eché una mirada atrás. Ella había levantado la cabeza levemente y me suplicaba con la mirada "¡no me dejes! ¡No me abandones por favor!". Mi corazón se volvió a resquebrajar... ¡qué clase de madre abandona a un hijo en esas condiciones...! Pero no podía hacer nada, porque no sabía qué hacer. Me fui a acostar y, al apagar la luz, me puse a llorar. Tenía la intuición que ella ya no estaría con nosotros por mucho tiempo.
Me dio rabia. Yo quería ayudarla. Incluso hasta hubiese sido capaz de llevarla al veterinario a esa misma hora. Pero yo no soy quien maneja los billetes, y papá no está dispuesto a darle tanta importancia a un "animal". ¡Si él supiera...! Kimba ha hecho mucho por nosotros, y a él le importa un cuerno si se muere o no. Lo encontré tan egoísta...
Esta mañana, al entrar en la cocina, Kimba ni siquiera se levantó. Me fui directo hacia ella y le acaricié la cabeza. Desayuné de mala gana, viendo cómo mi pequeña miraba al vacío con ojos cansados. Me dio rabia tener que dejarla ahí por tener que ir al colegio. No era justo para ella, y me sentí culpable. Al final, cuando me iba, le di un beso en la cabeza y le deseé una pronta recuperación.
En el bus me fui absorta en mis pensamientos. Estaba la posibilidad de que muriera, idea a la que me aferraba por alguna razón. Me dio pena. Es demasiado joven para morir. Tanta energía, tanta vitalidad, tanta alegría me parecía imposible que tuvieran que irse tan pronto. Desde que llegó agradezco su existencia. Ha sido un alivio, una fuente de la cual aprender y una compañía muy necesaria. Era ella quien me había consolado cuando estaba triste o enojada; con ella iba aprendiendo de la misma vida, del mundo. Gracias a ella estaba logrando entender muchas cosas de la humanidad, y me daba razones para tener paciencia y tolerancia con otros. Su existencia estaba siendo muy fructífera para mí. No era ahora cuando debería irse...
"Así como llegó, se va...". No sé por qué pensé eso. En cierta forma, es entendible y hasta incluso casi aceptable; pero el hecho que sea tan pequeña me perturba enormemente. ¡Tiene toda una vida por delante! De hecho, si tuviera tres o cuatro años lo tendría como una posibilidad lógica y hasta aceptaría el hecho con madurez. Pero el caso es que es apenas una cría y no soy capaz de aceptar con simpleza una posibilidad tan radical...
Me pongo a pensar en la muerte, en sí misma, como hecho objetivo. Nunca ha sido algo que me preocupe. De hecho, a veces me imagino cómo sería si mis padres murieran, y no me entristezco en absoluto. Lo veo como algo natural, algo que deberá ocurrir algún día. Los seres envejecen, mueren y sus energías se transforman en otros seres nuevos. Todo es un ciclo. Yo siempre lo he aceptado así. Ni mi muerte me asusta, apenas me intriga y nada más. Pero ahora... no sé por qué me cuesta tanto aceptarlo. Pienso: ¿Por qué siempre se llora en los funerales? Siempre se dice que es porque se quería al difunto. Pero el amor no te hace sufrir, ni aunque muera la persona que quieres. Más bien creo que es el hecho de necesitar a ese ser lo que hace que lloremos. Si Kimba muriera, yo lloraría, sufriría y la recordaría con amarga melancolía; pero no por quererla, sino por necesitarla. La parte de mí que la ama dice "bueno, no sufrirá y seguirá su ciclo. Se convertirá en algo más". Pero por otro lado, la parte de mí que la necesita (que, sinceramente, es la que predomina) es la que grita, se estremece y patalea en el suelo ante la posibilidad de que me sea arrebatada.
Kimba no apareció porque sí, y por algo me he sentido como su madre. Es como mi deber protegerla, cuidarla y amarla. Es como si hubiese llegado sólo para mí...
Yo buscaba un maestro, buscaba respuestas... y mi maestro llegó en el momento y de la forma menos esperadas: una cachorrita abandonada que (curiosamente) andaba vagando enfrente de nuestra casa.
Sé que los maestros deben irse en algún momento de la vida, pero eso ocurre cuando ya no hay más que enseñar. Y no siento que ese sea el caso de Kimba. Cada día voy aprendiendo y descubriendo nuevas cosas de y con ella. No siento que este sea el momento de una transformación. Es un ciclo incompleto. Sería dejar más dudas que dar respuestas. Aunque... tal vez... es una forma de enseñarme que debería observar más la naturaleza en vez de encerrarme en la razón humana para encontrar respuestas.
Me dio rabia. Yo quería ayudarla. Incluso hasta hubiese sido capaz de llevarla al veterinario a esa misma hora. Pero yo no soy quien maneja los billetes, y papá no está dispuesto a darle tanta importancia a un "animal". ¡Si él supiera...! Kimba ha hecho mucho por nosotros, y a él le importa un cuerno si se muere o no. Lo encontré tan egoísta...
Esta mañana, al entrar en la cocina, Kimba ni siquiera se levantó. Me fui directo hacia ella y le acaricié la cabeza. Desayuné de mala gana, viendo cómo mi pequeña miraba al vacío con ojos cansados. Me dio rabia tener que dejarla ahí por tener que ir al colegio. No era justo para ella, y me sentí culpable. Al final, cuando me iba, le di un beso en la cabeza y le deseé una pronta recuperación.
En el bus me fui absorta en mis pensamientos. Estaba la posibilidad de que muriera, idea a la que me aferraba por alguna razón. Me dio pena. Es demasiado joven para morir. Tanta energía, tanta vitalidad, tanta alegría me parecía imposible que tuvieran que irse tan pronto. Desde que llegó agradezco su existencia. Ha sido un alivio, una fuente de la cual aprender y una compañía muy necesaria. Era ella quien me había consolado cuando estaba triste o enojada; con ella iba aprendiendo de la misma vida, del mundo. Gracias a ella estaba logrando entender muchas cosas de la humanidad, y me daba razones para tener paciencia y tolerancia con otros. Su existencia estaba siendo muy fructífera para mí. No era ahora cuando debería irse...
"Así como llegó, se va...". No sé por qué pensé eso. En cierta forma, es entendible y hasta incluso casi aceptable; pero el hecho que sea tan pequeña me perturba enormemente. ¡Tiene toda una vida por delante! De hecho, si tuviera tres o cuatro años lo tendría como una posibilidad lógica y hasta aceptaría el hecho con madurez. Pero el caso es que es apenas una cría y no soy capaz de aceptar con simpleza una posibilidad tan radical...
Me pongo a pensar en la muerte, en sí misma, como hecho objetivo. Nunca ha sido algo que me preocupe. De hecho, a veces me imagino cómo sería si mis padres murieran, y no me entristezco en absoluto. Lo veo como algo natural, algo que deberá ocurrir algún día. Los seres envejecen, mueren y sus energías se transforman en otros seres nuevos. Todo es un ciclo. Yo siempre lo he aceptado así. Ni mi muerte me asusta, apenas me intriga y nada más. Pero ahora... no sé por qué me cuesta tanto aceptarlo. Pienso: ¿Por qué siempre se llora en los funerales? Siempre se dice que es porque se quería al difunto. Pero el amor no te hace sufrir, ni aunque muera la persona que quieres. Más bien creo que es el hecho de necesitar a ese ser lo que hace que lloremos. Si Kimba muriera, yo lloraría, sufriría y la recordaría con amarga melancolía; pero no por quererla, sino por necesitarla. La parte de mí que la ama dice "bueno, no sufrirá y seguirá su ciclo. Se convertirá en algo más". Pero por otro lado, la parte de mí que la necesita (que, sinceramente, es la que predomina) es la que grita, se estremece y patalea en el suelo ante la posibilidad de que me sea arrebatada.
Kimba no apareció porque sí, y por algo me he sentido como su madre. Es como mi deber protegerla, cuidarla y amarla. Es como si hubiese llegado sólo para mí...
Yo buscaba un maestro, buscaba respuestas... y mi maestro llegó en el momento y de la forma menos esperadas: una cachorrita abandonada que (curiosamente) andaba vagando enfrente de nuestra casa.
Sé que los maestros deben irse en algún momento de la vida, pero eso ocurre cuando ya no hay más que enseñar. Y no siento que ese sea el caso de Kimba. Cada día voy aprendiendo y descubriendo nuevas cosas de y con ella. No siento que este sea el momento de una transformación. Es un ciclo incompleto. Sería dejar más dudas que dar respuestas. Aunque... tal vez... es una forma de enseñarme que debería observar más la naturaleza en vez de encerrarme en la razón humana para encontrar respuestas.
De dar de sí mismo...
Esta mañana me levanté pensando en mi perrita. Anoche había soñado con ella y ese sentimiento de maternidad amaneció nuevamente renovado. Generalmente, cada mañana me levanto con algún tema en mente y medito acerca de él. Hoy tocó el de "dar de mí misma" o más bien "dar de sí mismo" en forma genérica, ya que es aplicable a todos... creo.
Desde que Kimba llegó a la casa, supe que era una perrita especial. Apareció de pronto, sin avisar a nadie... pero en el momento justo. Mi familia atravesaba un momento de tensión. Cada quien iba por su lado, hacía lo suyo sin comunicarse con nadie. La frialdad entre nosotros estaba convirtiendo la casa en un castillo de hielo, y Kimba llegó como un rayo de luz a desencajar en el esquema. ¡Era tan pequeña y tan frágil! ¡Y estaba tan asustada! Todavía recuerdo cómo miraba con temor las caras nuevas que la adoptaban y cada objeto de la casa. ¡Ni se movía de su caja! Pero todos girábamos en torno a ella: que esté cómoda, cerca de la estufa, que tome su leche, que salga al jardín a hacer sus necesidades... Y mientras nos preocupábamos de ella, nos uníamos como familia. Y ella nos miraba a todos y nos correspondía los cuidados lamiéndonos las manos una y otra vez. Yo fui la más cercana a ella... ¡Es que era tan pequeña! A menudo la cargaba y la dejaba durmiendo en mi pecho; tanto así que se volvía loca de alegría cada vez que me veía. Supongo que esa es la razón del lazo tan fuerte que nos une.
Con el paso de los días, Kimba se fue fortaleciendo y empezó a crecer. Ya corría por el living de la casa y se arrancaba a explorar las habitaciones. Más de una vez se orinó en una de ellas y ponía cara de "¡Perdón, no me aguanté!" mientras mi madre la reprendía. Con cada día, fue absorbiendo una parte de la personalidad de cada uno de nosotros, y nos fue conociendo a tal punto que sabía cuándo estábamos con pena o enojados, dándonos cariñosas lamidas de consuelo hasta que nos mejorábamos. Era realmente despierta y cariñosa, además de inteligente... bueno ¡es!: todavía vive.
Con Kimba he ido descubriendo muchas cosas. Incluso cosas de mí misma que no sabía. Mucho de lo que ella es, es lo que yo soy; y gracias a eso he ido aprendiendo a comprender por qué a veces la gente se molesta conmigo. Será un animalito, no hablará ni sabrá leer... pero con una mirada es capaz de explicar mil cosas.
La verdad es que la observo mucho. Suele dar de sí misma en la misma proporción a lo que a ella le dan. Y también la he visto triste y apartada cuando en casa surgen discusiones. Le gusta la paz, un ambiente de cariño y humor, y trata de dar todo lo que puede para que esto sea así. Pero hay cosas que escapan a su buena intención... tal vez por eso se deprime tanto...
Pensando en ella y en todo esto derivé a la vida entre personas. Hay algunos que llegamos solitos y temerosos a un lugar donde la tensión abunda. Y hacemos que, con nuestra personalidad, las cosas tomen un curso diferente. A veces lo conseguimos, pero otras veces hay cosas que escapan de nuestro esfuerzo, como le pasa a Kimba. Cuando eso pasa, nos bajoneamos y pensamos que tal vez estamos dando muy poco de nosotros o que nada vale la pena. Nos mantenemos entonces pensando que sólo vamos a dar de nosotros en la medida que nos retribuyan, porque si no, no vale la pena, no tiene caso. ¿Pero saben? Kimba sale de su bajón y vuelve a dar alegría cuando se le dedica una mirada, por fugaz que sea. Es como si tuviera firme la obstinada idea de cambiar al mundo. No dejará de dar de sí misma pase lo que pase.
Ayer la sacamos a pasear al centro de la ciudad. ¡Estaba tan contenta! Saltaba alegremente a saludar a todo aquel que pasara cerca suyo: niños, adultos con el ceño fruncido... ¡cómo se sorprendían con el cariño que Kimba les daba! Incluso, en un momento, pasó una chica en una silla de ruedas eléctrica... ¡cuánto se alegró cuando Kimba subió en sus piernas y comenzó a lamerle la cara! Me pareció tan increíble la capacidad de dar de mi perrita... No le importa si le devuelven sus gestos de cariño con una sonrisa o una caricia en la cabeza, ella es feliz dando amor y alegría...
Ahora que lo repaso, esa salida me dejó muchas cosas en qué pensar... Una perrita capaz de dar de sí misma sin esperar respuesta; y yo, tú y tantos otros que no somos capaces de dar a los demás a no ser que nos devuelvan las atenciones... ¡qué estilo de vida más egoísta! Llegué a avergonzarme de mí misma. Tan superiores que nos creemos con respecto a los animales, y no somos capaces de dar ni la mitad de lo que ellos dan sin esperar nada a cambio... Tan complejos que nos consideramos, que no podemos cumplir con las cosas más simples de la vida...
Desde que Kimba llegó a la casa, supe que era una perrita especial. Apareció de pronto, sin avisar a nadie... pero en el momento justo. Mi familia atravesaba un momento de tensión. Cada quien iba por su lado, hacía lo suyo sin comunicarse con nadie. La frialdad entre nosotros estaba convirtiendo la casa en un castillo de hielo, y Kimba llegó como un rayo de luz a desencajar en el esquema. ¡Era tan pequeña y tan frágil! ¡Y estaba tan asustada! Todavía recuerdo cómo miraba con temor las caras nuevas que la adoptaban y cada objeto de la casa. ¡Ni se movía de su caja! Pero todos girábamos en torno a ella: que esté cómoda, cerca de la estufa, que tome su leche, que salga al jardín a hacer sus necesidades... Y mientras nos preocupábamos de ella, nos uníamos como familia. Y ella nos miraba a todos y nos correspondía los cuidados lamiéndonos las manos una y otra vez. Yo fui la más cercana a ella... ¡Es que era tan pequeña! A menudo la cargaba y la dejaba durmiendo en mi pecho; tanto así que se volvía loca de alegría cada vez que me veía. Supongo que esa es la razón del lazo tan fuerte que nos une.
Con el paso de los días, Kimba se fue fortaleciendo y empezó a crecer. Ya corría por el living de la casa y se arrancaba a explorar las habitaciones. Más de una vez se orinó en una de ellas y ponía cara de "¡Perdón, no me aguanté!" mientras mi madre la reprendía. Con cada día, fue absorbiendo una parte de la personalidad de cada uno de nosotros, y nos fue conociendo a tal punto que sabía cuándo estábamos con pena o enojados, dándonos cariñosas lamidas de consuelo hasta que nos mejorábamos. Era realmente despierta y cariñosa, además de inteligente... bueno ¡es!: todavía vive.
Con Kimba he ido descubriendo muchas cosas. Incluso cosas de mí misma que no sabía. Mucho de lo que ella es, es lo que yo soy; y gracias a eso he ido aprendiendo a comprender por qué a veces la gente se molesta conmigo. Será un animalito, no hablará ni sabrá leer... pero con una mirada es capaz de explicar mil cosas.
La verdad es que la observo mucho. Suele dar de sí misma en la misma proporción a lo que a ella le dan. Y también la he visto triste y apartada cuando en casa surgen discusiones. Le gusta la paz, un ambiente de cariño y humor, y trata de dar todo lo que puede para que esto sea así. Pero hay cosas que escapan a su buena intención... tal vez por eso se deprime tanto...
Pensando en ella y en todo esto derivé a la vida entre personas. Hay algunos que llegamos solitos y temerosos a un lugar donde la tensión abunda. Y hacemos que, con nuestra personalidad, las cosas tomen un curso diferente. A veces lo conseguimos, pero otras veces hay cosas que escapan de nuestro esfuerzo, como le pasa a Kimba. Cuando eso pasa, nos bajoneamos y pensamos que tal vez estamos dando muy poco de nosotros o que nada vale la pena. Nos mantenemos entonces pensando que sólo vamos a dar de nosotros en la medida que nos retribuyan, porque si no, no vale la pena, no tiene caso. ¿Pero saben? Kimba sale de su bajón y vuelve a dar alegría cuando se le dedica una mirada, por fugaz que sea. Es como si tuviera firme la obstinada idea de cambiar al mundo. No dejará de dar de sí misma pase lo que pase.
Ayer la sacamos a pasear al centro de la ciudad. ¡Estaba tan contenta! Saltaba alegremente a saludar a todo aquel que pasara cerca suyo: niños, adultos con el ceño fruncido... ¡cómo se sorprendían con el cariño que Kimba les daba! Incluso, en un momento, pasó una chica en una silla de ruedas eléctrica... ¡cuánto se alegró cuando Kimba subió en sus piernas y comenzó a lamerle la cara! Me pareció tan increíble la capacidad de dar de mi perrita... No le importa si le devuelven sus gestos de cariño con una sonrisa o una caricia en la cabeza, ella es feliz dando amor y alegría...
Ahora que lo repaso, esa salida me dejó muchas cosas en qué pensar... Una perrita capaz de dar de sí misma sin esperar respuesta; y yo, tú y tantos otros que no somos capaces de dar a los demás a no ser que nos devuelvan las atenciones... ¡qué estilo de vida más egoísta! Llegué a avergonzarme de mí misma. Tan superiores que nos creemos con respecto a los animales, y no somos capaces de dar ni la mitad de lo que ellos dan sin esperar nada a cambio... Tan complejos que nos consideramos, que no podemos cumplir con las cosas más simples de la vida...
domingo, 13 de noviembre de 2011
Esto lo supe un día...
Un día una amiga se me acercó muy acongojada. Había tenido un problema con su novio y no se sentía segura de qué debía hacer. No sabía si en verdad lo amaba o sólo se había acostumbrado a él.
Yo la escuché y la miré. ¡Estaba tan confundida! Entonces le empecé a hablar acerca del amor. Me acordé de muchas cosas: mis experiencias, las de mis amigas y amigos, y lo que mi gurú me había enseñado hacía unos años atrás...
Hay dos cosas en este mundo que jamás deben mezclarse: el amor y la necesidad.
Amar es entregar, sin importar si la otra persona te retribuye o no.
Necesidad es absorber a la otra persona porque tú mismo no te puedes producir lo que necesitas. Me explico: hay quienes se consideran no-atractivos, hasta el punto de no tener ni ganas de mirarse al espejo, y se mantienen pensando "soy fe@, soy fe@". Cuando logran tener una pareja, buscan que él o ella les dé, además del amor que quieren regalar, el empujón para subirse el autoestima, cosa que ell@s por sí sol@s son incapaces de hacer... y no porque no puedan, sino porque simplemente REQUIERE ESFUERZO.
Si no te amas a ti mismo, no puedes pretender que otro lo haga por ti. Si tienes una pareja así, no vale la pena seguir entonces con esa relación. Uno de los dos está siendo egoísta, a pesar de que te diga absurdamente que te ama. ¿Cómo puedes decir que amas a alguien si ni te puedes amar a ti mismo?
Así supe por qué corriente nadaba el concepto amor... yo ni lo sabía. Pero tratando de ayudar a una amiga hice un gran descubrimiento que, a pesar de todo, estaba en mí y yo no lo había visto... así como tantas cosas...
Yo la escuché y la miré. ¡Estaba tan confundida! Entonces le empecé a hablar acerca del amor. Me acordé de muchas cosas: mis experiencias, las de mis amigas y amigos, y lo que mi gurú me había enseñado hacía unos años atrás...
Hay dos cosas en este mundo que jamás deben mezclarse: el amor y la necesidad.
Amar es entregar, sin importar si la otra persona te retribuye o no.
Necesidad es absorber a la otra persona porque tú mismo no te puedes producir lo que necesitas. Me explico: hay quienes se consideran no-atractivos, hasta el punto de no tener ni ganas de mirarse al espejo, y se mantienen pensando "soy fe@, soy fe@". Cuando logran tener una pareja, buscan que él o ella les dé, además del amor que quieren regalar, el empujón para subirse el autoestima, cosa que ell@s por sí sol@s son incapaces de hacer... y no porque no puedan, sino porque simplemente REQUIERE ESFUERZO.
Si no te amas a ti mismo, no puedes pretender que otro lo haga por ti. Si tienes una pareja así, no vale la pena seguir entonces con esa relación. Uno de los dos está siendo egoísta, a pesar de que te diga absurdamente que te ama. ¿Cómo puedes decir que amas a alguien si ni te puedes amar a ti mismo?
Así supe por qué corriente nadaba el concepto amor... yo ni lo sabía. Pero tratando de ayudar a una amiga hice un gran descubrimiento que, a pesar de todo, estaba en mí y yo no lo había visto... así como tantas cosas...
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