La vida, ¿qué es la vida? ¿Tiene algún sentido la vida, el existir? Pues bien, eso sólo depende del punto de vista de cada uno. Es algo precisamente relativo. ¿Y por qué relativo? Porque no hay un sentido que satisfaga a todo ser humano por igual.
Cada ser humano tiene su rumbo, su camino, su destino. Sería absurdo e imposible intentar formar un solo sentido, un solo camino para todos. ¿Dónde quedaría entonces el valor de cada individuo? En ninguna parte. No habría.
Estamos acostumbrados a regirnos por lo que Immanuel Kant denomina “minoría de edad”, donde nos acostumbramos a movernos de acuerdo a lo que otros, con más fuerza, más poder o simplemente con más decisión nos imponen. Hemos terminado por quedarnos bajo la gobernación de aquellos con coraje y con razón que salen del círculo del rebaño. Aquellos que dejan de ser manipulados por la ley de masas, aquellos con coraje que se rigen por sus propias leyes internas, aquellos que piensan por sí mismos son quienes encuentran un real sentido a la vida.
Nos encontramos, hoy por hoy, en un mundo donde lo que rige es el dinero, el lucro, los bienes materiales. ¿Y qué más superfluo y molesto que aquello? La humanidad se ciega en creer que el sentido de sus vidas se encuentra en una gran casa, dos o tres automóviles, muchos muebles lujosos y grandes cantidades de dinero en el banco. ¿Pero realmente es aquello el sentido de la vida? ¿Qué pasa entonces con aquellos adinerados que lo tienen todo y, sin embargo, nadan en las oscuras aguas de la amargura? ¿Es que aquellas gentes encontraron un sentido a sus vidas? No, muy por el contrario.
Nos han metido en cabeza que la razón de nuestras vidas, nuestros propósitos radican en “tener, tener y tener”. No importa si tu familia se destruye, no importa si te quedas solo, no importa si pasas por encima de mil cabezas: si logras triunfar y sobresalir, si logras ganar toneladas de oro, entonces ahí estará tu camino cumplido. ¿Pero qué tan real es esto? En el libro Siddharta, de Hermann Hesse, se hace referencia a este tema. Se nos explica que el verdadero rumbo del alma, el verdadero sentido de la vida es la felicidad. Pero no esa felicidad dada por los bienes materiales y por el cegador dinero. Es aquella felicidad pura, suave y tenue, dada por la vida misma, por cuánto aprendamos de ella. Se nos ha dicho (en especial los ancianos) que la vida es muy corta, y que debemos disfrutarla lo más que podamos. ¿Pero qué hacemos? Nos ocupamos del dinero, del trabajo, de la ropa, de la moda, de qué dirán, de tener mira que si no qué irán a pensar los vecinos o el colega o la familia… como si todo eso importara realmente. Nos dedicamos a pensar mucho en tener y acumular materiales y no en acumular riquezas interiores y tener grandes cantidades de amor y felicidad en nuestros corazones. ¿Dónde más, sino, radica el sentido de nuestras vidas? ¿No es, acaso, sólo el enriquecernos mental y espiritualmente? ¿Para qué más? ¿Acaso nos llevamos algo más después de nuestras vidas? No. Tan sólo cuánto aprendemos, cuánto amamos y al nivel de felicidad y pureza que llegamos es lo que nos podemos llevar. En definitiva, tan sólo nuestra alma.
Se nos ha hecho creer que si seguimos al grupo, podremos ser felices y estar a salvo, y que si nos apartamos y optamos por crear nuestro propio sendero, estaremos solos y posiblemente terminaremos extraviados. ¿Por qué se nos hace creer aquello? Simplemente por ser una forma más fácil de mantenernos bajo control, de instarnos al materialismo, del cual nos vamos haciendo presas cada día un poco más. He ahí la razón de nuestro gran problema actual. He ahí el no hallar un sentido a la vida.
¿Cómo habríamos de encontrarle un sentido a nuestras vidas si nos basamos en cosas tan superfluas y carentes de sentido para el alma? Nos sentiríamos más a gusto si decidiéramos de una vez empezar a buscar por nuestro lado ¡y qué importa si vamos solos! Es ese gran miedo a ser nosotros mismos lo que nos mantiene inmovilizados, ese miedo a valernos por nuestros propios medios, a tomar nuestras decisiones sin preguntarle ni fú ni fá a nadie.
El sentido de la vida no radica en ser un título, ni en ser conocido, ni en ser importante para nadie. Simplemente es “ser”. Así, “ser” a secas. ¿Para qué más? Lo que importa no es lo tan banal ni lo que tanto brilla, sino más bien aquello que apenas puede ser “visto” por quienes se dan el tiempo de “ver”, como en aquel pasaje de El Principito: “lo esencial es invisible para los ojos”. El sentido de la vida, el real sentido es nada más que encontrar nuestra armonía, nuestra paz interior, el llenarnos con todas aquellas cosas tan ínfimas que se nos presentan cada día y que apenas las logramos ver con tanta prisa que llevamos. No es más que eso. No importa qué título llevemos, ni cuánto dinero tengamos en nuestras billeteras. Son a penas cosas banales por las que nos angustiamos y por las que corremos hacia ningún lado en especial. Son las que nos hacen tener a flor de boca la excusa de “no tengo tiempo” y “estoy apurado(a)”.
Nos perdemos de tanta maravilla, nos cegamos con tantos lujos mediocres y pareciera no importarnos. Juramos que nuestra vida corre detrás de un fin tan noble como una profesión, y terminamos arrastrándonos bajo el peso de una necesidad inexistente. La vida es más simple que eso. Es más fructífera, más completa y, sin embargo, más simple… ¿curioso, no?
En definitiva, el sentido de la vida es uno, pero depende de cada cual el cómo interpretarlo. La felicidad, la armonía y el equilibrio son relativos de cada persona. No hay un punto de convergencia general. Apenas sería la necesidad de satisfacción de éstas.
La vida es un misterio, y un misterio que no puede ser resuelto para todos. Son siete mil millones de ojos mirando el cielo, siete mil millones de interpretaciones diferentes. Pero el misterio es uno, la verdad es una sola; y sin embargo, los caminos y los senderos muchísimos, y cada uno difícil, peligroso y bello en su medida. Es ese nuestro sentido, es esa nuestra vida, es aquél el sentido de nuestra vida: verle al universo su cara más amable, conocer su furia, ser ignorante de la naturaleza y vivir aprendiendo, hacer parte de nosotros todo aquello cuanto observamos, cuanto sentimos y cuanto saboreamos, ser felices y alcanzar a aprender y aprehender todo cuanto podamos en esta vida… mirad que es muy corta para perderla y malgastarla en falsos brillos.
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