Voy a ser sincera. Me han dicho que siempre estoy lanzando críticas y reproches. Y es verdad. Por costumbre, por una cosa de cómo me criaron, tengo la desagradable manía (desagradable para los demás, por cierto) de vivir criticando todo. Y entiéndase todo por TODO. Yo misma no me libro de ello. También vivo criticándome, la mayoría de las veces, por cosas que no merecen atención alguna. Sí, lo sé. Generalmente me preocupo de cosas "banales" e innecesarias. Pero a pesar de que lo sé, no opto por hacer un cambio. Y es que, en verdad... hacer un cambio requiere constancia, perseverancia, fuerza de voluntad y energía. Los tres primeros no los tengo; y energía no es algo que voy a usar en esto, así que demos por hecho que simplemente no voy a cambiar.
Ahora bien. La pregunta clave es: ¿Por qué tanto reproche? No me había tomado la molestia de averiguarlo hasta que mi mejor amigo me dijo "me haces muchos reproches" (o algo así). Y en verdad que lo hago, pero es con justa razón... al menos desde mi punto de vista. Es que yo no critico en vano. No critico por criticar. De hecho, hago la aclaración: soy crítica, no criticona. Critico, reprocho con justa razón cuando algo no me parece o me resulta incómodo. En especial el comportamiento de las personas.
Ahora que lo pienso, me doy cuenta de por qué siempre me incomoda el cómo es la gente. Y todo empieza con mis escritos. Me dedico a escribir desde que tengo nueve años. Desde ahí no he parado. Y es agradable. Fluyo en la prosa de una manera tal que plasmo en el papel mi utopía (que, incluso, no es perfecta), pongo ahí la idea de cómo me gustaría que fuera mi realidad. ¿Y los personajes? Uffff... ahí está la razón de todo. Hago, creo a estos personajes a mi antojo. Dicen y hacen lo que me acomoda, y siempre resulto triunfante. De hecho, los personajes principales son siempre mujeres y ¡curioso! resultan siempre como una proyección mía, de lo que soy, de lo que tengo oculto o de lo que me gustaría ser. En el fondo, si lo pienso bien... como que de cierta forma me gusta llevar el control de todo. Y como la realidad difiere de mi fantasía, tiendo a criticar todo.
Sin embargo, a pesar de muchas cosas, en el fondo mi realidad no es tan diferente de lo que mi imaginación da a luz. Salvo por lo obvio (y me refiero al espacio en el que se desarrollan mis historias), lo que ocurre entre los personajes es muy parecido a lo que me pasa con las gentes a mi alrededor. Como si fuera una puerta abierta a mis futuras experiencias, buenas y malas. De hecho, cuando me pasa algo que se parece a algún episodio de mis mucho escritos, medito acerca de ello y lo asimilo con mayor facilidad. Es como tener una lección teórica (mis cuentos), aprenderla, olvidarla a medias, tener la lección práctica (lo que me ocurre en la realidad) y no olvidarla nunca más.
Volviendo al eje (cómo me voy por las ramas, dios). Supongo que ese afán crítico que tengo será porque no puedo dominarlo todo. Ni siquiera puedo dominar a la perfección mi propia vida. De ello derivarán tantos dolores de cabeza, frustraciones y reproches, creo yo.
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